lunes, 4 de octubre de 2010

Con qué poco


Con la noche el miedo se transforma en sudor que le empapa el disfraz de gente cualquiera. La oscuridad creciendo le asaltó el entusiasmo y le impuso la angustia de ser descubierta con el último volante.
Las manos en los bolsillos de la gabardina cierran el abrigo para esconder el vestido ajado, la envoltura uniforme de resignación que oculta bronca, odio y la impotencia. 

No hay nadie a la vista, no pasan autos por esa calle triste y húmeda de plátanos desnudos. El viento helado que respira en su nuca la empuja y le violenta el disimulo, la decisión de no correr para descartar la sospecha. Desespera por llegar a casa, visible más allá del apuro. Imaginar la cara de él que se ilumina al ver ese pedacito de papel le infunde ánimo para afirmar los tacos sobre la vereda despareja de baldosas rotas.
Cuando llegue frente a su casa saltará los escalones del zaguán y golpeará ansiosa sin pensar en el susto de él, que sentirá alivio al ver su sonrisa, la besará y –ante el trozo de papel desteñido– soltará lágrimas que ella besará feliz de recuperar la ternura, aliviada y a salvo en casa.
Al llegar oyó la frenada del único coche que transita por la calle a esas horas. Antes que ella, con empujones abrieron la puerta que él destrababa. Le borraron la sonrisa y justificaron el miedo. Un algo helado le hundió lagabardinaelvestidolaesperanza, la trajo a tierra, la sumergió en el barro sucio de los viles, en el viscoso fluido del terror.

Hoy fue un gran día. Los volantes en aquella esquina volaron alto y llevaron lejos su grito coral. Cientos de tiranos temblad se leyeron con miradas fugaces que ojos asombrados de angustia y miedo transformaron en coraje.