lunes, 5 de diciembre de 2011

Mientras tanto

Por la ventanilla del auto: el cielo, el sol, las nubes; el campo marrón, verde, ocre; la serranía lejos; pasan los árboles, los postes, las casas, otros autos, las horas, los pájaros, gente; las ganas de seguir, de volver. Otro atardecer cualquiera de luz pálida. El movimiento desubica la conciencia, confunde rutinas, esconde sentimientos. Le despierta el ansia.
No hay respuestas a las preguntas omitidas, falta no se sabe cuánto para no llegar.
Laura gira apenas el rostro para mirarlo manejar, firmes sus manos sobre el volante a las diez y diez. Lo quiere reconocer, saber quién es sin ella, recordarse ella sin él. Necesita una construcción que le dé existencia plena, que dibuje la boca de Aldo sin sus besos –sus manos sin los roces–, a su cuerpo entero le dé consistencia sin necesidad de sus brazos; que resucite su trozo de vida antes, cuando no lo miraba y sólo tenía ojos para Javier.
No hay carretera que la aproxime a lo que quiere saber, a acortar los hilos que los unen, a recordar los ojos, su mirada, porque: cómo sus ojos cuando no la reflejan, cómo acaricia la voz de él rezongo-pregunta-insulto cuando no están sus oídos atentos. 

Inútil la perfecta modulación que recita una letra aprendida cuando ella no estaba. 
Ya se fue la tarde cansada y llegó la noche fresquita y muda… Los dedos de Laura acordan sobre el diapazón de una guitarra imaginada, en su mente canta-tararea lejana una voz grave, dormida, que acuna el sueño del niño solo.

Se le entumece el cuerpo, esa extensión de su mente que percibe el viaje; se inquieta, lo mira otra vez –sus dedos tamborileando el volante, las uñas mordidas. Él se cree admirado y sonríe. Ella duele, sonriendo también: “Aldo”. “¿Qué? ¿Cansada?”. “Prefiero volver”, dice Laura que lo ve voltear la cabeza. Y tironea ella el volante y su asombro, y la camioneta golpea el auto que se abre para doblar
. Un derrape, un golpe, las vueltas, los postes en el cielo y las nubes, dentro de ella el grito: “Aldo, Javier”.

Laura sin sueño no despierta, no oye más que el aturdidor silencio.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Mazda

Sin palabras dejó la cama; llenó de la canilla la caldera que puso al fuego, dispuso los utensilios en la mesada y, con esa delicadeza, fue desmadejando las hebras de efedra para el té. La rutina no le resta encanto: en tres ágiles pasos culmina la ceremonia en la que me está iniciando.
Después de servir deja la tetera a un costado, se sienta, toma el cuenco de barro con el que forman sus manos y ahora sorbe, largamente –boca entreabierta, ojos cerrados–, como si la bebida fuera a entibiarle el alma.
Sabe que la miro y que a mis ojos, tan abiertos, los hipnotizan sus gestos, la placidez de su cara, sus labios de monalisa.
Hace unas horas yo no sabía quién es esta niña-mujer que me levantó en Los Chorros; en este instante no conozco otro nombre que Asha y sólo su cuerpo desnudo –las piernas flexionadas, los pies planta con planta– sobre el piso de tablas, parece real. El rulo sobre su frente tiembla como la lumbre de las velas con la brisa que sopla desde la terraza (el día se apaga veloz, la sombra del Ávila crece, verde, marrón, negra, recortada en el cielo).
La piel de durazno de sus mejillas se pinta con el calor de la infusión. Su pequeña nuez sube y baja y guía mi mirada hasta la hendidura entre sus tetas Klimt, los pezones erguidos, un pliegue de piel sobre su vientre liso y ralo, los labios rosados abiertos y todavía húmedos. Pestañeo y miro las suyas, negras y arqueadas, que invitan a tomarlas delicadamente para abrir sus ojos.
Cuando me quiere mirar descubre que ya no soy ni estoy allí.
No oigo a Los Gatos naufragando en el tocadiscos porque bajé corriendo los escalones del porche, esquivé el pequeño Mazda que nos trajo, tosiendo, colina arriba, y con mis manos en los bolsillos, atontado desciendo a tranco largo, respiro hondo, cierro y abro los ojos para acostumbrarlos a la noche sin estrellas y sin luna. Los ruidos silvestres se ahogan
de a poco en los rugidos que crecen desde la autopista; y los primeros faros, las señales luminosas, las bocinas, la música estridente de los carritos llenos, las veredas sucias, los olores y la gente…