Sin palabras dejó la cama; llenó de la canilla la caldera que puso al fuego, dispuso los utensilios en la mesada y, con esa delicadeza, fue desmadejando las hebras de efedra para el té. La rutina no le resta encanto: en tres ágiles pasos culmina la ceremonia en la que me está iniciando.
Después de servir deja la tetera a un costado, se sienta, toma el cuenco de barro con el que forman sus manos y ahora sorbe, largamente –boca entreabierta, ojos cerrados–, como si la bebida fuera a entibiarle el alma.
Sabe que la miro y que a mis ojos, tan abiertos, los hipnotizan sus gestos, la placidez de su cara, sus labios de monalisa.
Hace unas horas yo no sabía quién es esta niña-mujer que me levantó en Los Chorros; en este instante no conozco otro nombre que Asha y sólo su cuerpo desnudo –las piernas flexionadas, los pies planta con planta– sobre el piso de tablas, parece real. El rulo sobre su frente tiembla como la lumbre de las velas con la brisa que sopla desde la terraza (el día se apaga veloz, la sombra del Ávila crece, verde, marrón, negra, recortada en el cielo).
La piel de durazno de sus mejillas se pinta con el calor de la infusión. Su pequeña nuez sube y baja y guía mi mirada hasta la hendidura entre sus tetas Klimt, los pezones erguidos, un pliegue de piel sobre su vientre liso y ralo, los labios rosados abiertos y todavía húmedos. Pestañeo y miro las suyas, negras y arqueadas, que invitan a tomarlas delicadamente para abrir sus ojos.
Cuando me quiere mirar descubre que ya no soy ni estoy allí.
No oigo a Los Gatos naufragando en el tocadiscos porque bajé corriendo los escalones del porche, esquivé el pequeño Mazda que nos trajo, tosiendo, colina arriba, y con mis manos en los bolsillos, atontado desciendo a tranco largo, respiro hondo, cierro y abro los ojos para acostumbrarlos a la noche sin estrellas y sin luna. Los ruidos silvestres se ahogan de a poco en los rugidos que crecen desde la autopista; y los primeros faros, las señales luminosas, las bocinas, la música estridente de los carritos llenos, las veredas sucias, los olores y la gente…