jueves, 2 de enero de 2014

Los penales

En la fila yo estaba atrás de Juanjo mechónrubioalviento que sabía jugar como vi una vez en el Estadio (enorme y lleno de mucha gente que aplaudía a los jugadores rayados y a los de blanco y al golero de negro y al de azul). Adelante, Joaquín: jopo engominado el pelo negro como la tinta que manchaba su túnica sin botones. Y antes de él, otro, grandote desconocido y malo que miraba serio el arco donde se paraba Pelayo derechito para esconder el miedo. Atrás mío otros, que no importan.
El profesor pateó primero. Rasante la pelota entró rapidísimo contra el palo mientras Pelayo caía lento sobre la tierra después de la pelota que siguió, rebotó en una piedra, saltó y la devolvió el padre de Juanjo. Después el grandote pateó tan fuerte que la pelota pegó en el palo y le volvió, pero no vale patear de vuelta. Le tocaba a Joaquín cuando llegó Chico y se me puso adelante y no vi que la pelota se iba alto por arriba del otro palo largo que está acostado allá arriba. Así que lo erró Joaquín y entonces pateó Juanjo, el fleco rubio de un lado al otro de la frente, pero voló Pelayo y la atajó él solo; la agarró fuerte con las dos manos. El profe aplaudió –¡bien botija!–. Juanjo pateó el suelo y se fue chupado al final de la fila.
Pelayo ahora parecía más grande y se inclinaba confiado, ya sin miedo sonreía su sonrisa quebrada y reía con el hipo cantado. Me tocaba a mí porque Chico ya corría con otros chicos una pelota de plástico. Entonces vi que la de cuero era mucho más pesada y no, jamás había pateado una, creo que ni siquiera la había tenido en mis manos, nunca en toda mi vida la había visto tan de cerca. Estaba sobre la marca blanca y yo la miraba esperando una súplica, “¡no me pegues!” pero tenía que darle bien fuerte. ¿Cuánto?
Tomé carrera igual que Juanjo pero supe entonces que la fuerza no me iba a alcanzar, que mis pies son grandes pero flojos, que tenía que mandarla a donde Pelayo no la alcanzara. Le pegué bien abajo pero de costado con la parte de adentro del pie y mirando la esquina de arriba contra el palo derecho donde por más que saltara Pelayo a su izquierda no la iba a alcanzar. Y la pelota me hizo caso, despacio se fue elevando y doblando un poco y bajando otro, entrando en el arco justito encima de los guantes estirados de Pelayo. “Golazo” dijo el profe y me miró sorprendido. “Pateá de vuelta”.
Yo, colorado como cuando paso al frente a decir la del siete que nunca me acuerdo, perdí de golpe toda la felicidad del mundo y volví a pararme empapado de miedo frente a la pelota. –No me va a salir, –sufrí bajito, pero el profe esperaba otro gol como el primero que había hecho en mi vida. Y Pelayo me miraba asombrado, enojado (más tarde nos íbamos a tener que pelear), y Joaquín y Juanjo se salían de la fila para mirarme y otros niños me notaban por primera vez y el profe se impacientaba conmigo que no era el que hacía goles en el campito porque jugaba siempre atrás; “atrás del arco” me hería mi padre que no estaba ahí para verme, no me notaba, y quién le iba a contar a mi madre que yo dos veces le había pegado de abajo, con la parte interior del pie, muy suave, para que se elevara y bajara justito, lentamente, y se metiera en el ángulo.