Por la ventanilla del auto: el cielo, el sol, las nubes; el campo marrón, verde, ocre; la serranía lejos; pasan los árboles, los postes, las casas, otros autos, las horas, los pájaros, gente; las ganas de seguir, de volver. Otro atardecer cualquiera de luz pálida. El movimiento desubica la conciencia, confunde rutinas, esconde sentimientos. Le despierta el ansia.
No hay respuestas a las preguntas omitidas, falta no se sabe cuánto para no llegar.
Laura gira apenas el rostro para mirarlo manejar, firmes sus manos sobre el volante a las diez y diez. Lo quiere reconocer, saber quién es sin ella, recordarse ella sin él. Necesita una construcción que le dé existencia plena, que dibuje la boca de Aldo sin sus besos –sus manos sin los roces–, a su cuerpo entero le dé consistencia sin necesidad de sus brazos; que resucite su trozo de vida antes, cuando no lo miraba y sólo tenía ojos para Javier.
No hay carretera que la aproxime a lo que quiere saber, a acortar los hilos que los unen, a recordar los ojos, su mirada, porque: cómo sus ojos cuando no la reflejan, cómo acaricia la voz de él rezongo-pregunta-insulto cuando no están sus oídos atentos.
Inútil la perfecta modulación que recita una letra aprendida cuando ella no estaba.
Ya se fue la tarde cansada y llegó la noche fresquita y muda… Los dedos de Laura acordan sobre el diapazón de una guitarra imaginada, en su mente canta-tararea lejana una voz grave, dormida, que acuna el sueño del niño solo.
Se le entumece el cuerpo, esa extensión de su mente que percibe el viaje; se inquieta, lo mira otra vez –sus dedos tamborileando el volante, las uñas mordidas. Él se cree admirado y sonríe. Ella duele, sonriendo también: “Aldo”. “¿Qué? ¿Cansada?”. “Prefiero volver”, dice Laura que lo ve voltear la cabeza. Y tironea ella el volante y su asombro, y la camioneta golpea el auto que se abre para doblar. Un derrape, un golpe, las vueltas, los postes en el cielo y las nubes, dentro de ella el grito: “Aldo, Javier”.
Laura sin sueño no despierta, no oye más que el aturdidor silencio.