En la fila yo estaba atrás de Juanjo mechónrubioalviento que sabía jugar como vi una vez en el Estadio (enorme y lleno de mucha gente que aplaudía a los jugadores rayados y a los de blanco y al golero de negro y al de azul). Adelante, Joaquín: jopo engominado el pelo negro como la tinta que manchaba su túnica sin botones. Y antes de él, otro, grandote desconocido y malo que miraba serio el arco donde se paraba Pelayo derechito para esconder el miedo. Atrás mío otros, que no importan.
El profesor pateó primero. Rasante la pelota entró rapidísimo contra el palo mientras Pelayo caía lento sobre la tierra después de la pelota que siguió, rebotó en una piedra, saltó y la devolvió el padre de Juanjo. Después el grandote pateó tan fuerte que la pelota pegó en el palo y le volvió, pero no vale patear de vuelta. Le tocaba a Joaquín cuando llegó Chico y se me puso adelante y no vi que la pelota se iba alto por arriba del otro palo largo que está acostado allá arriba. Así que lo erró Joaquín y entonces pateó Juanjo, el fleco rubio de un lado al otro de la frente, pero voló Pelayo y la atajó él solo; la agarró fuerte con las dos manos. El profe aplaudió –¡bien botija!–. Juanjo pateó el suelo y se fue chupado al final de la fila.
Pelayo ahora parecía más grande y se inclinaba confiado, ya sin miedo sonreía su sonrisa quebrada y reía con el hipo cantado. Me tocaba a mí porque Chico ya corría con otros chicos una pelota de plástico. Entonces vi que la de cuero era mucho más pesada y no, jamás había pateado una, creo que ni siquiera la había tenido en mis manos, nunca en toda mi vida la había visto tan de cerca. Estaba sobre la marca blanca y yo la miraba esperando una súplica, “¡no me pegues!” pero tenía que darle bien fuerte. ¿Cuánto?
Tomé carrera igual que Juanjo pero supe entonces que la fuerza no me iba a alcanzar, que mis pies son grandes pero flojos, que tenía que mandarla a donde Pelayo no la alcanzara. Le pegué bien abajo pero de costado con la parte de adentro del pie y mirando la esquina de arriba contra el palo derecho donde por más que saltara Pelayo a su izquierda no la iba a alcanzar. Y la pelota me hizo caso, despacio se fue elevando y doblando un poco y bajando otro, entrando en el arco justito encima de los guantes estirados de Pelayo. “Golazo” dijo el profe y me miró sorprendido. “Pateá de vuelta”.
Yo, colorado como cuando paso al frente a decir la del siete que nunca me acuerdo, perdí de golpe toda la felicidad del mundo y volví a pararme empapado de miedo frente a la pelota. –No me va a salir, –sufrí bajito, pero el profe esperaba otro gol como el primero que había hecho en mi vida. Y Pelayo me miraba asombrado, enojado (más tarde nos íbamos a tener que pelear), y Joaquín y Juanjo se salían de la fila para mirarme y otros niños me notaban por primera vez y el profe se impacientaba conmigo que no era el que hacía goles en el campito porque jugaba siempre atrás; “atrás del arco” me hería mi padre que no estaba ahí para verme, no me notaba, y quién le iba a contar a mi madre que yo dos veces le había pegado de abajo, con la parte interior del pie, muy suave, para que se elevara y bajara justito, lentamente, y se metiera en el ángulo.
EscatoLógicas
jueves, 2 de enero de 2014
jueves, 9 de agosto de 2012
El artista y su obra
En su afán perfeccionista lija y raspa interminablemente cada pieza. Rasca y pule toda rugosidad, deshace grumos, corrige deformaciones, suaviza asperezas, redondea aristas, acaricia hasta lograr –por fin: el éxtasis– una esfera tan pequeña que apenas puede sostenerse entre los dedos.
lunes, 5 de diciembre de 2011
Mientras tanto
Por la ventanilla del auto: el cielo, el sol, las nubes; el campo marrón, verde, ocre; la serranía lejos; pasan los árboles, los postes, las casas, otros autos, las horas, los pájaros, gente; las ganas de seguir, de volver. Otro atardecer cualquiera de luz pálida. El movimiento desubica la conciencia, confunde rutinas, esconde sentimientos. Le despierta el ansia.
No hay respuestas a las preguntas omitidas, falta no se sabe cuánto para no llegar.
Laura gira apenas el rostro para mirarlo manejar, firmes sus manos sobre el volante a las diez y diez. Lo quiere reconocer, saber quién es sin ella, recordarse ella sin él. Necesita una construcción que le dé existencia plena, que dibuje la boca de Aldo sin sus besos –sus manos sin los roces–, a su cuerpo entero le dé consistencia sin necesidad de sus brazos; que resucite su trozo de vida antes, cuando no lo miraba y sólo tenía ojos para Javier.
No hay carretera que la aproxime a lo que quiere saber, a acortar los hilos que los unen, a recordar los ojos, su mirada, porque: cómo sus ojos cuando no la reflejan, cómo acaricia la voz de él rezongo-pregunta-insulto cuando no están sus oídos atentos.
Inútil la perfecta modulación que recita una letra aprendida cuando ella no estaba.
Ya se fue la tarde cansada y llegó la noche fresquita y muda… Los dedos de Laura acordan sobre el diapazón de una guitarra imaginada, en su mente canta-tararea lejana una voz grave, dormida, que acuna el sueño del niño solo.
Se le entumece el cuerpo, esa extensión de su mente que percibe el viaje; se inquieta, lo mira otra vez –sus dedos tamborileando el volante, las uñas mordidas. Él se cree admirado y sonríe. Ella duele, sonriendo también: “Aldo”. “¿Qué? ¿Cansada?”. “Prefiero volver”, dice Laura que lo ve voltear la cabeza. Y tironea ella el volante y su asombro, y la camioneta golpea el auto que se abre para doblar. Un derrape, un golpe, las vueltas, los postes en el cielo y las nubes, dentro de ella el grito: “Aldo, Javier”.
Laura sin sueño no despierta, no oye más que el aturdidor silencio.
No hay respuestas a las preguntas omitidas, falta no se sabe cuánto para no llegar.
Laura gira apenas el rostro para mirarlo manejar, firmes sus manos sobre el volante a las diez y diez. Lo quiere reconocer, saber quién es sin ella, recordarse ella sin él. Necesita una construcción que le dé existencia plena, que dibuje la boca de Aldo sin sus besos –sus manos sin los roces–, a su cuerpo entero le dé consistencia sin necesidad de sus brazos; que resucite su trozo de vida antes, cuando no lo miraba y sólo tenía ojos para Javier.
No hay carretera que la aproxime a lo que quiere saber, a acortar los hilos que los unen, a recordar los ojos, su mirada, porque: cómo sus ojos cuando no la reflejan, cómo acaricia la voz de él rezongo-pregunta-insulto cuando no están sus oídos atentos.
Inútil la perfecta modulación que recita una letra aprendida cuando ella no estaba.
Ya se fue la tarde cansada y llegó la noche fresquita y muda… Los dedos de Laura acordan sobre el diapazón de una guitarra imaginada, en su mente canta-tararea lejana una voz grave, dormida, que acuna el sueño del niño solo.
Se le entumece el cuerpo, esa extensión de su mente que percibe el viaje; se inquieta, lo mira otra vez –sus dedos tamborileando el volante, las uñas mordidas. Él se cree admirado y sonríe. Ella duele, sonriendo también: “Aldo”. “¿Qué? ¿Cansada?”. “Prefiero volver”, dice Laura que lo ve voltear la cabeza. Y tironea ella el volante y su asombro, y la camioneta golpea el auto que se abre para doblar. Un derrape, un golpe, las vueltas, los postes en el cielo y las nubes, dentro de ella el grito: “Aldo, Javier”.
Laura sin sueño no despierta, no oye más que el aturdidor silencio.
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miércoles, 2 de marzo de 2011
Mazda
Sin palabras dejó la cama; llenó de la canilla la caldera que puso al fuego, dispuso los utensilios en la mesada y, con esa delicadeza, fue desmadejando las hebras de efedra para el té. La rutina no le resta encanto: en tres ágiles pasos culmina la ceremonia en la que me está iniciando.
Después de servir deja la tetera a un costado, se sienta, toma el cuenco de barro con el que forman sus manos y ahora sorbe, largamente –boca entreabierta, ojos cerrados–, como si la bebida fuera a entibiarle el alma.
Sabe que la miro y que a mis ojos, tan abiertos, los hipnotizan sus gestos, la placidez de su cara, sus labios de monalisa.
Hace unas horas yo no sabía quién es esta niña-mujer que me levantó en Los Chorros; en este instante no conozco otro nombre que Asha y sólo su cuerpo desnudo –las piernas flexionadas, los pies planta con planta– sobre el piso de tablas, parece real. El rulo sobre su frente tiembla como la lumbre de las velas con la brisa que sopla desde la terraza (el día se apaga veloz, la sombra del Ávila crece, verde, marrón, negra, recortada en el cielo).
La piel de durazno de sus mejillas se pinta con el calor de la infusión. Su pequeña nuez sube y baja y guía mi mirada hasta la hendidura entre sus tetas Klimt, los pezones erguidos, un pliegue de piel sobre su vientre liso y ralo, los labios rosados abiertos y todavía húmedos. Pestañeo y miro las suyas, negras y arqueadas, que invitan a tomarlas delicadamente para abrir sus ojos.
Cuando me quiere mirar descubre que ya no soy ni estoy allí.
No oigo a Los Gatos naufragando en el tocadiscos porque bajé corriendo los escalones del porche, esquivé el pequeño Mazda que nos trajo, tosiendo, colina arriba, y con mis manos en los bolsillos, atontado desciendo a tranco largo, respiro hondo, cierro y abro los ojos para acostumbrarlos a la noche sin estrellas y sin luna. Los ruidos silvestres se ahogan de a poco en los rugidos que crecen desde la autopista; y los primeros faros, las señales luminosas, las bocinas, la música estridente de los carritos llenos, las veredas sucias, los olores y la gente…
Después de servir deja la tetera a un costado, se sienta, toma el cuenco de barro con el que forman sus manos y ahora sorbe, largamente –boca entreabierta, ojos cerrados–, como si la bebida fuera a entibiarle el alma.
Sabe que la miro y que a mis ojos, tan abiertos, los hipnotizan sus gestos, la placidez de su cara, sus labios de monalisa.
Hace unas horas yo no sabía quién es esta niña-mujer que me levantó en Los Chorros; en este instante no conozco otro nombre que Asha y sólo su cuerpo desnudo –las piernas flexionadas, los pies planta con planta– sobre el piso de tablas, parece real. El rulo sobre su frente tiembla como la lumbre de las velas con la brisa que sopla desde la terraza (el día se apaga veloz, la sombra del Ávila crece, verde, marrón, negra, recortada en el cielo).
La piel de durazno de sus mejillas se pinta con el calor de la infusión. Su pequeña nuez sube y baja y guía mi mirada hasta la hendidura entre sus tetas Klimt, los pezones erguidos, un pliegue de piel sobre su vientre liso y ralo, los labios rosados abiertos y todavía húmedos. Pestañeo y miro las suyas, negras y arqueadas, que invitan a tomarlas delicadamente para abrir sus ojos.
Cuando me quiere mirar descubre que ya no soy ni estoy allí.
No oigo a Los Gatos naufragando en el tocadiscos porque bajé corriendo los escalones del porche, esquivé el pequeño Mazda que nos trajo, tosiendo, colina arriba, y con mis manos en los bolsillos, atontado desciendo a tranco largo, respiro hondo, cierro y abro los ojos para acostumbrarlos a la noche sin estrellas y sin luna. Los ruidos silvestres se ahogan de a poco en los rugidos que crecen desde la autopista; y los primeros faros, las señales luminosas, las bocinas, la música estridente de los carritos llenos, las veredas sucias, los olores y la gente…
lunes, 4 de octubre de 2010
Con qué poco
Con la noche el miedo se transforma en sudor que le empapa el disfraz de gente cualquiera. La oscuridad creciendo le asaltó el entusiasmo y le impuso la angustia de ser descubierta con el último volante.
Las manos en los bolsillos de la gabardina cierran el abrigo para esconder el vestido ajado, la envoltura uniforme de resignación que oculta bronca, odio y la impotencia.
No hay nadie a la vista, no pasan autos por esa calle triste y húmeda de plátanos desnudos. El viento helado que respira en su nuca la empuja y le violenta el disimulo, la decisión de no correr para descartar la sospecha. Desespera por llegar a casa, visible más allá del apuro. Imaginar la cara de él que se ilumina al ver ese pedacito de papel le infunde ánimo para afirmar los tacos sobre la vereda despareja de baldosas rotas.
Cuando llegue frente a su casa saltará los escalones del zaguán y golpeará ansiosa sin pensar en el susto de él, que sentirá alivio al ver su sonrisa, la besará y –ante el trozo de papel desteñido– soltará lágrimas que ella besará feliz de recuperar la ternura, aliviada y a salvo en casa.
Al llegar oyó la frenada del único coche que transita por la calle a esas horas. Antes que ella, con empujones abrieron la puerta que él destrababa. Le borraron la sonrisa y justificaron el miedo. Un algo helado le hundió lagabardinaelvestidolaesperanza, la trajo a tierra, la sumergió en el barro sucio de los viles, en el viscoso fluido del terror.
Hoy fue un gran día. Los volantes en aquella esquina volaron alto y llevaron lejos su grito coral. Cientos de tiranos temblad se leyeron con miradas fugaces que ojos asombrados de angustia y miedo transformaron en coraje.
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martes, 31 de agosto de 2010
Verano
Representan su papel con soltura sin necesidad de marcar diálogos ni pasos sobre un escenario que conocen de memoria; se ven tan compenetrados.
El hombre los observa impasible para confirmar lo que sabe, lo que cada diciembre se repite como una canción de navidad y que sin variaciones observa en sus vecinos desde que, hace ya tiempo y tiempo, llegó al balneario, desolado, la primera vez.
Así, a media mañana y como de costumbre, Analía, de inmutables ocho años, empieza las maniobras con la bicicleta mientras su madre intenta, atolondrada, cepillar el pelo de Irene, señorita en sus trece, rebelde a causa de la sal del mar, las hormonas y los chicos de enfrente. Hernán aparecerá en cualquier momento con los útiles de pesca sin pesca, con la carne sustituta que recogió al pasar por lo de Rogelio, la leña y la urgencia por disimular, enrostrando a su mujer y a sus hijas su obstinación de pescador frustrado.
El hombre mira y confirma detalles, actualiza recuerdos, busca la falla, el dato mínimo que le permita desenmascarar la farsa, descubrir el truco que deje la magia al desnudo y le habilite el triunfo de ser el único al que no engañaron. Y correrá a contarlo, a dejarlos en evidencia para recobrar la confianza de Rogelio y de Clara, de Sebastiano, de Jaime, del carpintero…
Pero la falsía sigue encubierta, con prolijidad.
El mismo tiempo que él en esa playa tienen veraneando los vecinos. Desde cuando se peinaba los ve llegar cada año, entusiasmados; de la época en que su difunta perra Jineta celaba es la misma impecable bicicleta, regalo de reyes, de Analía; de cuando en su parrillero se amontonaban las botellas que se tragaron sus ansias, son las greñas oxigenadas de la adolescente. Desde antes de olvidar a Sandra repite bienvenidas, presentaciones, asombros.
Ellos siempre llegando por primera vez.
El hombre los observa impasible para confirmar lo que sabe, lo que cada diciembre se repite como una canción de navidad y que sin variaciones observa en sus vecinos desde que, hace ya tiempo y tiempo, llegó al balneario, desolado, la primera vez.
Así, a media mañana y como de costumbre, Analía, de inmutables ocho años, empieza las maniobras con la bicicleta mientras su madre intenta, atolondrada, cepillar el pelo de Irene, señorita en sus trece, rebelde a causa de la sal del mar, las hormonas y los chicos de enfrente. Hernán aparecerá en cualquier momento con los útiles de pesca sin pesca, con la carne sustituta que recogió al pasar por lo de Rogelio, la leña y la urgencia por disimular, enrostrando a su mujer y a sus hijas su obstinación de pescador frustrado.
El hombre mira y confirma detalles, actualiza recuerdos, busca la falla, el dato mínimo que le permita desenmascarar la farsa, descubrir el truco que deje la magia al desnudo y le habilite el triunfo de ser el único al que no engañaron. Y correrá a contarlo, a dejarlos en evidencia para recobrar la confianza de Rogelio y de Clara, de Sebastiano, de Jaime, del carpintero…
Pero la falsía sigue encubierta, con prolijidad.
El mismo tiempo que él en esa playa tienen veraneando los vecinos. Desde cuando se peinaba los ve llegar cada año, entusiasmados; de la época en que su difunta perra Jineta celaba es la misma impecable bicicleta, regalo de reyes, de Analía; de cuando en su parrillero se amontonaban las botellas que se tragaron sus ansias, son las greñas oxigenadas de la adolescente. Desde antes de olvidar a Sandra repite bienvenidas, presentaciones, asombros.
Ellos siempre llegando por primera vez.
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lunes, 30 de agosto de 2010
Zabala
Puedo darme cuenta –aunque no lo vea todavía, mientras leo, escucho su voz–, de que Zabala está de vuelta. No lo esperaba y, sin embargo, no me sorprende; basta ese tono suficiente, la erudición latente en cualquier comentario y la voz, un poco más aguda esta vez, para reconocerlo de inmediato. Verlo no cambiará nada porque sé que será otro el cuerpo y distinta la cara.
Al levantar la vista, encandilado, me encuentro con su mirada sobradora que exagera curiosidad.
El recién llegado cumple con cortesía la formalidad de la presentación y saluda: “Buen día, vecino”. Buen día respondo y noto, como tantas veces antes, el quiebre ligero de su boca, la mueca irónica desde donde lanzará la púa, el gesto que atrae la atención para esconder la mirada muerta de sus ojos fríos.
Está más pesado. Sus piernas desnudas cargan ese cuerpo con paso torpe e inseguro, de gordo nuevo, y extiende una mano delicada para estrechar suave y firme la mía. El sol de primera tarde, feroz, le da de pleno; a mí me cubre la sombra fresca del alero. “Pereira, José Juan”, dice, con aquella altanería. Adivino que pereira es con i pero me pregunto si en algún nivel subconciente tuvo posibilidad de elegir, oportunidad de reflexionar sobre la conveniencia de ese nombre o, tal vez, de invertir los términos que lo singularicen. “¿Tomando sombra, amigo? No hay que abusar…” y el comentario es tan apropiado que imagino un guión aprendido, un libreto escrito muy lejos en el tiempo y del que ya no hay memoria.
Dejó a la familia en su jardín para llegar al mío. A la mujer, que observa de reojo, con una frase sin terminar; a sus hijos, pequeños y potencialmente obesos, que juegan a mojarse con baldes y una manguera.
Mis sensaciones se bifurcan, a la vigilia que hasta ahora sostenía mi lectura la distorsionan relámpagos de sueño alucinado. Pero sé que él sigue ahí esperando la réplica y busco, como en una lista, la respuesta adecuada; repaso viejas conversaciones, siento de nuevo la agresiva pasividad que me provoca. “Junto frío para la noche. Te vas a dar cuenta lo útil que es cuando vayas a dormir” y pongo distancia con el tuteo, intento levantar una primera valla. “Ah, lo sé de otros veranos. A veces es mejor dormir de día, si no se está usando la cama para otra cosa”. La guiñada, fuera de lugar, es la de siempre, la que usa para descalificar, condescendiente, a cualquier adversario. Porque cualquiera para él es un rival, a todos pone a prueba y ahora, muy íntimamente, apuesta a que seré dócil tras de mi pose indiferente.
Después de la presentación nada tuvo mayor relevancia y durante el resto del día lo vi ir y venir bajando pertrechos del auto, retando a los niños, dirigiéndose a la esposa con el tono imperativo del amo hacia un esclavo (ella no se inmuta; hay en su mirada más acostumbramiento que resignación. Con pasos cortos se mueve rápido casi sin agitar el aire, la calma chicha que hace a este enero tanto más insoportable).
Voy tomando nota de sus viejos hábitos. Empuja por la nuca a la mujer –apariencia cariñosa que esconde imposición y amenaza, toda la potencia de su odio en esos dedos–, tironea el pelo de los niños cuando no acatan ipso facto; no alza la voz, no insulta pero lo veo sudar el desprecio de su soberbia con un asco apenas reprimido.
La tarde se hace más y más pesada, la sombra de grandes nubes negras no logra hacer respirable un aire denso que de a poco se torna viento; al sumarse el monzón, en cualquier momento, me sacudirá la conciencia de una trompada.
En casa no se han dado cuenta de la situación. Antonia no ha dicho nada que delate una sospecha, su comentario sobre el tiranosaurio del vecino es espontáneo y no hay manera de que lo relacione con Zabala. Los muchachos ríen de su panza pelada como de orangután viejo, de su forma de caminar, y sienten alivio porque la diferencia de edad con sus hijos es grande para que se dé más intercambio que el de alcanzarles la pelota.
Sólo yo estoy tenso, evaluando cómo sobrellevar tanto despropósito, sin encontrar todavía la manera de –cuando se desate la tormenta– volver a juntar valor para deshacerme de mi padre por enésima vez.
Al levantar la vista, encandilado, me encuentro con su mirada sobradora que exagera curiosidad.
El recién llegado cumple con cortesía la formalidad de la presentación y saluda: “Buen día, vecino”. Buen día respondo y noto, como tantas veces antes, el quiebre ligero de su boca, la mueca irónica desde donde lanzará la púa, el gesto que atrae la atención para esconder la mirada muerta de sus ojos fríos.
Está más pesado. Sus piernas desnudas cargan ese cuerpo con paso torpe e inseguro, de gordo nuevo, y extiende una mano delicada para estrechar suave y firme la mía. El sol de primera tarde, feroz, le da de pleno; a mí me cubre la sombra fresca del alero. “Pereira, José Juan”, dice, con aquella altanería. Adivino que pereira es con i pero me pregunto si en algún nivel subconciente tuvo posibilidad de elegir, oportunidad de reflexionar sobre la conveniencia de ese nombre o, tal vez, de invertir los términos que lo singularicen. “¿Tomando sombra, amigo? No hay que abusar…” y el comentario es tan apropiado que imagino un guión aprendido, un libreto escrito muy lejos en el tiempo y del que ya no hay memoria.
Dejó a la familia en su jardín para llegar al mío. A la mujer, que observa de reojo, con una frase sin terminar; a sus hijos, pequeños y potencialmente obesos, que juegan a mojarse con baldes y una manguera.
Mis sensaciones se bifurcan, a la vigilia que hasta ahora sostenía mi lectura la distorsionan relámpagos de sueño alucinado. Pero sé que él sigue ahí esperando la réplica y busco, como en una lista, la respuesta adecuada; repaso viejas conversaciones, siento de nuevo la agresiva pasividad que me provoca. “Junto frío para la noche. Te vas a dar cuenta lo útil que es cuando vayas a dormir” y pongo distancia con el tuteo, intento levantar una primera valla. “Ah, lo sé de otros veranos. A veces es mejor dormir de día, si no se está usando la cama para otra cosa”. La guiñada, fuera de lugar, es la de siempre, la que usa para descalificar, condescendiente, a cualquier adversario. Porque cualquiera para él es un rival, a todos pone a prueba y ahora, muy íntimamente, apuesta a que seré dócil tras de mi pose indiferente.
Después de la presentación nada tuvo mayor relevancia y durante el resto del día lo vi ir y venir bajando pertrechos del auto, retando a los niños, dirigiéndose a la esposa con el tono imperativo del amo hacia un esclavo (ella no se inmuta; hay en su mirada más acostumbramiento que resignación. Con pasos cortos se mueve rápido casi sin agitar el aire, la calma chicha que hace a este enero tanto más insoportable).
Voy tomando nota de sus viejos hábitos. Empuja por la nuca a la mujer –apariencia cariñosa que esconde imposición y amenaza, toda la potencia de su odio en esos dedos–, tironea el pelo de los niños cuando no acatan ipso facto; no alza la voz, no insulta pero lo veo sudar el desprecio de su soberbia con un asco apenas reprimido.
La tarde se hace más y más pesada, la sombra de grandes nubes negras no logra hacer respirable un aire denso que de a poco se torna viento; al sumarse el monzón, en cualquier momento, me sacudirá la conciencia de una trompada.
En casa no se han dado cuenta de la situación. Antonia no ha dicho nada que delate una sospecha, su comentario sobre el tiranosaurio del vecino es espontáneo y no hay manera de que lo relacione con Zabala. Los muchachos ríen de su panza pelada como de orangután viejo, de su forma de caminar, y sienten alivio porque la diferencia de edad con sus hijos es grande para que se dé más intercambio que el de alcanzarles la pelota.
Sólo yo estoy tenso, evaluando cómo sobrellevar tanto despropósito, sin encontrar todavía la manera de –cuando se desate la tormenta– volver a juntar valor para deshacerme de mi padre por enésima vez.
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