Puedo darme cuenta –aunque no lo vea todavía, mientras leo, escucho su voz–, de que Zabala está de vuelta. No lo esperaba y, sin embargo, no me sorprende; basta ese tono suficiente, la erudición latente en cualquier comentario y la voz, un poco más aguda esta vez, para reconocerlo de inmediato. Verlo no cambiará nada porque sé que será otro el cuerpo y distinta la cara.
Al levantar la vista, encandilado, me encuentro con su mirada sobradora que exagera curiosidad.
El recién llegado cumple con cortesía la formalidad de la presentación y saluda: “Buen día, vecino”. Buen día respondo y noto, como tantas veces antes, el quiebre ligero de su boca, la mueca irónica desde donde lanzará la púa, el gesto que atrae la atención para esconder la mirada muerta de sus ojos fríos.
Está más pesado. Sus piernas desnudas cargan ese cuerpo con paso torpe e inseguro, de gordo nuevo, y extiende una mano delicada para estrechar suave y firme la mía. El sol de primera tarde, feroz, le da de pleno; a mí me cubre la sombra fresca del alero. “Pereira, José Juan”, dice, con aquella altanería. Adivino que pereira es con i pero me pregunto si en algún nivel subconciente tuvo posibilidad de elegir, oportunidad de reflexionar sobre la conveniencia de ese nombre o, tal vez, de invertir los términos que lo singularicen.
“¿Tomando sombra, amigo? No hay que abusar…” y el comentario es tan apropiado que imagino un guión aprendido, un libreto escrito muy lejos en el tiempo y del que ya no hay memoria.
Dejó a la familia en su jardín para llegar al mío. A la mujer, que observa de reojo, con una frase sin terminar; a sus hijos, pequeños y potencialmente obesos, que juegan a mojarse con baldes y una manguera.
Mis sensaciones se bifurcan, a la vigilia que hasta ahora sostenía mi lectura la distorsionan relámpagos de sueño alucinado. Pero sé que él sigue ahí esperando la réplica y busco, como en una lista, la respuesta adecuada; repaso viejas conversaciones, siento de nuevo la agresiva pasividad que me provoca.
“Junto frío para la noche. Te vas a dar cuenta lo útil que es cuando vayas a dormir” y pongo distancia con el tuteo, intento levantar una primera valla. “Ah, lo sé de otros veranos. A veces es mejor dormir de día, si no se está usando la cama para otra cosa”. La guiñada, fuera de lugar, es la de siempre, la que usa para descalificar, condescendiente, a cualquier adversario. Porque cualquiera para él es un rival, a todos pone a prueba y ahora, muy íntimamente, apuesta a que seré dócil tras de mi pose indiferente.
Después de la presentación nada tuvo mayor relevancia y durante el resto del día lo vi ir y venir bajando pertrechos del auto, retando a los niños, dirigiéndose a la esposa con el tono imperativo del amo hacia un esclavo (ella no se inmuta; hay en su mirada más acostumbramiento que resignación. Con pasos cortos se mueve rápido casi sin agitar el aire, la calma chicha que hace a este enero tanto más insoportable).
Voy tomando nota de sus viejos hábitos. Empuja por la nuca a la mujer –apariencia cariñosa que esconde imposición y amenaza, toda la potencia de su odio en esos dedos–, tironea el pelo de los niños cuando no acatan ipso facto; no alza la voz, no insulta pero lo veo sudar el desprecio de su soberbia con un asco apenas reprimido.
La tarde se hace más y más pesada, la sombra de grandes nubes negras no logra hacer respirable un aire denso que de a poco se torna viento; al sumarse el monzón, en cualquier momento, me sacudirá la conciencia de una trompada.
En casa no se han dado cuenta de la situación. Antonia no ha dicho nada que delate una sospecha, su comentario sobre el tiranosaurio del vecino es espontáneo y no hay manera de que lo relacione con Zabala. Los muchachos ríen de su panza pelada como de orangután viejo, de su forma de caminar, y sienten alivio porque la diferencia de edad con sus hijos es grande para que se dé más intercambio que el de alcanzarles la pelota.
Sólo yo estoy tenso, evaluando cómo sobrellevar tanto despropósito, sin encontrar todavía la manera de –cuando se desate la tormenta– volver a juntar valor para deshacerme de mi padre por enésima vez.
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