El artista y su obra
En su afán perfeccionista lija y raspa interminablemente cada pieza. Rasca y pule toda rugosidad, deshace grumos, corrige deformaciones, suaviza asperezas, redondea aristas, acaricia hasta lograr –por fin: el éxtasis– una esfera tan pequeña que apenas puede sostenerse entre los dedos.
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