miércoles, 2 de marzo de 2011

Mazda

Sin palabras dejó la cama; llenó de la canilla la caldera que puso al fuego, dispuso los utensilios en la mesada y, con esa delicadeza, fue desmadejando las hebras de efedra para el té. La rutina no le resta encanto: en tres ágiles pasos culmina la ceremonia en la que me está iniciando.
Después de servir deja la tetera a un costado, se sienta, toma el cuenco de barro con el que forman sus manos y ahora sorbe, largamente –boca entreabierta, ojos cerrados–, como si la bebida fuera a entibiarle el alma.
Sabe que la miro y que a mis ojos, tan abiertos, los hipnotizan sus gestos, la placidez de su cara, sus labios de monalisa.
Hace unas horas yo no sabía quién es esta niña-mujer que me levantó en Los Chorros; en este instante no conozco otro nombre que Asha y sólo su cuerpo desnudo –las piernas flexionadas, los pies planta con planta– sobre el piso de tablas, parece real. El rulo sobre su frente tiembla como la lumbre de las velas con la brisa que sopla desde la terraza (el día se apaga veloz, la sombra del Ávila crece, verde, marrón, negra, recortada en el cielo).
La piel de durazno de sus mejillas se pinta con el calor de la infusión. Su pequeña nuez sube y baja y guía mi mirada hasta la hendidura entre sus tetas Klimt, los pezones erguidos, un pliegue de piel sobre su vientre liso y ralo, los labios rosados abiertos y todavía húmedos. Pestañeo y miro las suyas, negras y arqueadas, que invitan a tomarlas delicadamente para abrir sus ojos.
Cuando me quiere mirar descubre que ya no soy ni estoy allí.
No oigo a Los Gatos naufragando en el tocadiscos porque bajé corriendo los escalones del porche, esquivé el pequeño Mazda que nos trajo, tosiendo, colina arriba, y con mis manos en los bolsillos, atontado desciendo a tranco largo, respiro hondo, cierro y abro los ojos para acostumbrarlos a la noche sin estrellas y sin luna. Los ruidos silvestres se ahogan
de a poco en los rugidos que crecen desde la autopista; y los primeros faros, las señales luminosas, las bocinas, la música estridente de los carritos llenos, las veredas sucias, los olores y la gente…

lunes, 4 de octubre de 2010

Con qué poco


Con la noche el miedo se transforma en sudor que le empapa el disfraz de gente cualquiera. La oscuridad creciendo le asaltó el entusiasmo y le impuso la angustia de ser descubierta con el último volante.
Las manos en los bolsillos de la gabardina cierran el abrigo para esconder el vestido ajado, la envoltura uniforme de resignación que oculta bronca, odio y la impotencia. 

No hay nadie a la vista, no pasan autos por esa calle triste y húmeda de plátanos desnudos. El viento helado que respira en su nuca la empuja y le violenta el disimulo, la decisión de no correr para descartar la sospecha. Desespera por llegar a casa, visible más allá del apuro. Imaginar la cara de él que se ilumina al ver ese pedacito de papel le infunde ánimo para afirmar los tacos sobre la vereda despareja de baldosas rotas.
Cuando llegue frente a su casa saltará los escalones del zaguán y golpeará ansiosa sin pensar en el susto de él, que sentirá alivio al ver su sonrisa, la besará y –ante el trozo de papel desteñido– soltará lágrimas que ella besará feliz de recuperar la ternura, aliviada y a salvo en casa.
Al llegar oyó la frenada del único coche que transita por la calle a esas horas. Antes que ella, con empujones abrieron la puerta que él destrababa. Le borraron la sonrisa y justificaron el miedo. Un algo helado le hundió lagabardinaelvestidolaesperanza, la trajo a tierra, la sumergió en el barro sucio de los viles, en el viscoso fluido del terror.

Hoy fue un gran día. Los volantes en aquella esquina volaron alto y llevaron lejos su grito coral. Cientos de tiranos temblad se leyeron con miradas fugaces que ojos asombrados de angustia y miedo transformaron en coraje.

martes, 31 de agosto de 2010

Verano

Representan su papel con soltura sin necesidad de marcar diálogos ni pasos sobre un escenario que conocen de memoria; se ven tan compenetrados.
El hombre los observa impasible para confirmar lo que sabe, lo que cada diciembre se repite como una canción de navidad y que sin variaciones observa en sus vecinos desde que, hace ya tiempo y tiempo, llegó al balneario, desolado, la primera vez.
Así, a media mañana y como de costumbre, Analía, de inmutables ocho años, empieza las maniobras con la bicicleta mientras su madre intenta, atolondrada, cepillar el pelo de Irene, señorita en sus trece, rebelde a causa de la sal del mar, las hormonas y los chicos de enfrente. Hernán aparecerá en cualquier momento con los útiles de pesca sin pesca, con la carne sustituta que recogió al pasar por lo de Rogelio, la leña y la urgencia por disimular, enrostrando a su mujer y a sus hijas su obstinación de pescador frustrado.
El hombre mira y confirma detalles, actualiza recuerdos, busca la falla, el dato mínimo que le permita desenmascarar la farsa, descubrir el truco que deje la magia al desnudo y le habilite el triunfo de ser el único al que no engañaron. Y correrá a contarlo, a dejarlos en evidencia para recobrar la confianza de Rogelio y de Clara, de Sebastiano, de Jaime, del carpintero…
Pero la falsía sigue encubierta, con prolijidad.
El mismo tiempo que él en esa playa tienen veraneando los vecinos. Desde cuando se peinaba los ve llegar cada año, entusiasmados; de la época en que su difunta perra Jineta celaba es la misma impecable bicicleta, regalo de reyes, de Analía; de cuando en su parrillero se amontonaban las botellas que se tragaron sus ansias, son las greñas oxigenadas de la adolescente. Desde antes de olvidar a Sandra repite bienvenidas, presentaciones, asombros.
Ellos siempre llegando por primera vez.

lunes, 30 de agosto de 2010

Zabala

Puedo darme cuenta –aunque no lo vea todavía, mientras leo, escucho su voz–, de que Zabala está de vuelta. No lo esperaba y, sin embargo, no me sorprende; basta ese tono suficiente, la erudición latente en cualquier comentario y la voz, un poco más aguda esta vez, para reconocerlo de inmediato. Verlo no cambiará nada porque sé que será otro el cuerpo y distinta la cara.

Al levantar la vista, encandilado, me encuentro con su mirada sobradora que exagera curiosidad.

El recién llegado cumple con cortesía la formalidad de la presentación y saluda: “Buen día, vecino”. Buen día respondo y noto, como tantas veces antes, el quiebre ligero de su boca, la mueca irónica desde donde lanzará la púa, el gesto que atrae la atención para esconder la mirada muerta de sus ojos fríos.

Está más pesado. Sus piernas desnudas cargan ese cuerpo con paso torpe e inseguro, de gordo nuevo, y extiende una mano delicada para estrechar suave y firme la mía. El sol de primera tarde, feroz, le da de pleno; a mí me cubre la sombra fresca del alero. “Pereira, José Juan”, dice, con aquella altanería. Adivino que pereira es con i pero me pregunto si en algún nivel subconciente tuvo posibilidad de elegir, oportunidad de reflexionar sobre la conveniencia de ese nombre o, tal vez, de invertir los términos que lo singularicen. 
“¿Tomando sombra, amigo? No hay que abusar…” y el comentario es tan apropiado que imagino un guión aprendido, un libreto escrito muy lejos en el tiempo y del que ya no hay memoria.

Dejó a la familia en su jardín para llegar al mío. A la mujer, que observa de reojo, con una frase sin terminar; a sus hijos, pequeños y potencialmente obesos, que juegan a mojarse con baldes y una manguera.
Mis sensaciones se bifurcan, a la vigilia que hasta ahora sostenía mi lectura la distorsionan relámpagos de sueño alucinado. Pero sé que él sigue ahí esperando la réplica y busco, como en una lista, la respuesta adecuada; repaso viejas conversaciones, siento de nuevo la agresiva pasividad que me provoca.
 “Junto frío para la noche. Te vas a dar cuenta lo útil que es cuando vayas a dormir” y pongo distancia con el tuteo, intento levantar una primera valla. “Ah, lo sé de otros veranos. A veces es mejor dormir de día, si no se está usando la cama para otra cosa”. La guiñada, fuera de lugar, es la de siempre, la que usa para descalificar, condescendiente, a cualquier adversario. Porque cualquiera para él es un rival, a todos pone a prueba y ahora, muy íntimamente, apuesta a que seré dócil tras de mi pose indiferente.

Después de la presentación nada tuvo mayor relevancia y durante el resto del día lo vi ir y venir bajando pertrechos del auto, retando a los niños, dirigiéndose a la esposa con el tono imperativo del amo hacia un esclavo (ella no se inmuta; hay en su mirada más acostumbramiento que resignación. Con pasos cortos se mueve rápido casi sin agitar el aire, la calma chicha que hace a este enero tanto más insoportable).

Voy tomando nota de sus viejos hábitos. Empuja por la nuca a la mujer –apariencia cariñosa que esconde imposición y amenaza, toda la potencia de su odio en esos dedos–, tironea el pelo de los niños cuando no acatan ipso facto; no alza la voz, no insulta pero lo veo sudar el desprecio de su soberbia con un asco apenas reprimido.

La tarde se hace más y más pesada, la sombra de grandes nubes negras no logra hacer respirable un aire denso que de a poco se torna viento; al sumarse el monzón, en cualquier momento, me sacudirá la conciencia de una trompada.

En casa no se han dado cuenta de la situación. Antonia no ha dicho nada que delate una sospecha, su comentario sobre el tiranosaurio del vecino es espontáneo y no hay manera de que lo relacione con Zabala. Los muchachos ríen de su panza pelada como de orangután viejo, de su forma de caminar, y sienten alivio porque la diferencia de edad con sus hijos es grande para que se dé más intercambio que el de alcanzarles la pelota.

Sólo yo estoy tenso, evaluando cómo sobrellevar tanto despropósito, sin encontrar todavía la manera de –cuando se desate la tormenta– volver a juntar valor para deshacerme de mi padre por enésima vez.